Una instalación que explora la frontera física e imaginaria que nos separa de los “otros”, especialmente de las poblaciones procedentes del sur global
El miedo es uno de los impulsos más antiguos de la humanidad. Como mecanismo de supervivencia de la especie, nos ha permitido reconocer el peligro, huir o enfrentarlo. Sin embargo, en las sociedades contemporáneas —especialmente en occidente— muchas de las amenazas físicas que marcaron nuestra existencia han sido domeñadas con sistemas de protección, seguridad y bienestar que atenúan el riesgo inmediato: real, percibido o imaginado.
En este escenario, el miedo no desaparece: se transforma. Si el cuerpo ya no está en peligro constante, lo que entra en tensión no es solo la seguridad -representada por las rejas, cierres y vallas domésticas y fronterizas- sino también la identidad. Aparece entonces un temor menos visible pero igualmente poderoso: el miedo a aquello que cuestiona lo que creemos ser. Nacionalidad, raza, etnia, género, clase, pertenencia; construcciones que organizan nuestra posición en el mundo y que, al confrontarse con “el otro”, revelan su carácter maleable o frágil.
Esta instalación forma parte de un proyecto más amplio donde se explora esa frontera física e imaginaria que nos separa a “nosotros” de los “otros”, especialmente de las poblaciones procedentes del sur global. Una muestra que invita a reflexionar sobre cómo el miedo se desplaza del plano físico al simbólico, y de cómo el arte puede convertirse en un lugar para reconocer, tensionar y redefinir los límites de nuestra identidad.